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ENTRE LINEAS

Cuentos para menos niños

Tener un hijo

Tener un hijo

 

El verano pasado mi hijo Alejandro, cumplió 4 años, y, cuando  sopló las velas, mi mujer y yo le dijimos:

                                     -Cariño, pide un deseo. A ver, ¿qué has pedido?

Y el niño nos mira así, todo ilusionado, y nos dice:

                                     - Una play station o un hermanito.

Y mi mujer y yo nos miramos. y dijimos:

                                      -   "¡Joder, la playstation son ochenta mil!"


Así que fuimos a por la parejita. Si lo llego  a saber, va ella sola. Hay que ver lo rápido que se queda embarazada una novia,  y lo que cuesta dejar embarazada a tu mujer.  ¡Es verdad!. ¡Tu llevas un mes saliendo con una chica, estás parado, le caes  mal a sus padres, no te quitas el condón ni para ducharte. Y la dejas  embarazada a la primera!
. Ahora, como vayáis a por el niño. Es mas fácil sacarla de  España de tanto empujar, que dejarla embarazada..! Eso si, os ponéis los dos  muy melosos:  Velitas, incienso, música de saxofón. porque piensas: "Vamos a hacerlo con mucho cariño para que sea fruto del amor" Después de seis meses sin que se quede embarazada dices: "A ver si va a ser mejor que sea fruto de un polvo".

Sí, porque pasa como con el fútbol. Jugar bonito le gusta a todo el mundo, pero lo que cuenta es meter gol. Así que vais a consultar al ginecólogo y el tío te dice:

                                           -Esto es normal. Tenéis que insistir más.

Total, que te receta los polvos como si fueran Frenadol:

                                           -Tres al día cada 6 horas.

Cuando llevas dos meses a este ritmo, te quieres morir. Lo peor es la semana de ovulación.. Porque, por lo visto en  esos días sube la temperatura. y eso aumenta la fertilidad. Así  que mi mujer está todo el día con el termómetro. Y claro, de repente, estás en medio de una reunión y suena el teléfono:

                                         - Cariño, me ha subido. Vente corriendo. Tiene que ser ahora mismo.

Y a ver como se lo explicas a tu jefe:

                                        - Mire, me tengo que ir., es que a mi mujer le ha subido la temperatura.

                                       - ¿Y no puede atenderla un médico?

                                       - Hombre. es que preferiría que el niño fuera mío.

Y llegas a casa y te la encuentras ya desnuda y preparada,  que dices:

                                       - "Jo, yo así no puedo! Esto es como comer pipas peladas.!".

Y es que ella no piensa en otra cosa. ¡Coño, que parece un tío!  Y yo me siento como una máquina. Vamos, que cuando terminamos  me dan ganas de decirle:

                                       - "Su espermatozoide, gracias!.

Y, encima, todo el mundo te da consejos: Hacedlo en la postura del misionero, con luna llena; que ella  se ponga un cojín debajo y que después de hacerlo se pegue media hora tumbada con los pies en alto. ¡Joder! ¡La pobre! Es la primera vez que soy yo el que tiene que decirle a ella:

                                     - "¡Aguanta, aguanta un poco más!"

Al final, cuando vimos que no había forma, volvimos al  médico, y va y me dice:

                                     - Bueno, pues, lo mejor va a ser que se haga un análisis de  semen, porque puede que tenga usted pocos espermatozoides.

Qué tú piensas: "¡Coño, seis meses.. a seis polvos diarios..! ¡lo que me extraña es que me quede alguno!".

Y el médico:

                                     - Aunque también podría tratarse de astenospermia. Lo que se  conoce como..."Espermatozoides vagos".

Y mi mujer:

                                     - ¡Buah.! ¡Pues va a ser eso.! Porque se pasa el día tocándose los huevos.

Y el otro:

                                     - Usted no se preocupe, que si es eso, podemos extraerlos e implantarlos en el óvulo.

¡Si hombre.! Una cosa es que sean vagos. y otra ponerles taxi para recorrer doce centímetros.!

Y el médico:

                                    - Es que ésto es muy difícil. Tenga en cuenta que de millones de espermatozoides sólo puede ganar uno.

                                    - ¡Mira, como en Gran hermano!


El caso es que tienes que hacerte el análisis. Te meten en  una habitación con un vasito y un montón de revistas porno. Y tú te sientas allí,  a ver si se anima.  Pero estás mirando un montón de fotos de tías en pelotas y lo único que piensas es: "¡Huy!, fíjate ésta... con las caderas tan estrechas va a tener problemas en el parto, ¿eh?... ¡Huy!, esta otra..con toda la silicona que se ha metido... ¡a ver como amamanta al niño!"

Y encima, mi mujer desde fuera:

                                  - Cariño! ¿Has terminado ya? ¡En casa no aguantas tanto!

Total, que al final, con mucha buena voluntad consigues llenar el vasito. Pero luego te pasas toda la semana jodido mientras esperas los resultados.  Lo peor de todo es que empiezas a dudar de que el niño que ya  tienes sea tuyo. Miras al niño y piensas: "Sí, de acuerdo, Alejandrito es clavado a mí, pero yo tengo una cara muy corriente". Y te acuerdas de esa insistencia de tu mujer en ponerle Alejandro. "¿Qué pasa, que Santi no es bonito?"

Y ya para colmo es cuando llega tu suegra y le dice:

                                  - ¡Ay, que niño tan listo.! ¿A quién habrá salido?

Qué ahí ya dices:

                                  - ¡Coño, es verdad.! ¡A ver si tampoco va a ser de mi mujer!

Pero de pronto reaccionas:  ¡Joder, me estoy emparanoiando! ¡Alejandro es mío!  Hay que tener en cuenta que, en aquel tiempo, dejarla  embarazada era más fácil: Yo estaba en paro, mis suegros me odiaban, me ponía condón.  ¡Coño, lo teníamos todo a favor!  Al final nos dieron los resultados y por lo visto, no me pasa  nada. Lo que tengo es estrés. Así que le he comprado al niño la Playstation; a  ver si jugando me relajo un poco.

 

(Por Andreu Buenafuente)

 

El escritor de pinturas.

El escritor de pinturas.

Sus representaciones pictóricas llenaban las galerías más prestigiosas del mundo. Cada nueva obra que presentaba superaba en talento a la anterior, o al menos eso decían los críticos. Tan conocida era su genialidad que cuando anunció la presentación del libro con sus memorias en el que, dijo, explicaría el secreto de la técnica que tanto éxitos le proporcionaba, levantó una expectación nunca vista en el mundo de los virtuosos del lienzo. Llegado el día, ante una sala abarrotada por el interés generado, el maestro destapó el atril mostrando una tela en el que aparecían una casa en la que en su tejado humeaba una chimenea. Sobre ésta un círculo circundado de palos a modo de rayos indicaba que aquello era el sol, a punto de ser tapado por una nube. Un árbol al lado de la casa adornaba un inexistente jardín y junto a aquél, cuatro monigotes sonrientes cogidos por la mano conformaban la imagen. “¡Es un cuadro!”, gritaron sorprendidos algunos “¡Qué simpleza!”, empezaron a murmurar despectivamente otros. “No es un cuadro. Es un libro” corrigió el pintor “Y es mi composición más elaborada” apostilló. No le faltaba razón porque, al acercarse al lienzo se podía ver como los trazos de cada dibujo estaba configurado por letras, miles de palabras que contenían la historia del artista hasta formar el dibujo, que desvelaba el secreto del triunfo en su vida.

 

Ceniciento

Ceniciento

Érase una vez un tipo muy vago, de aquellos que no tenían ni oficio ni beneficio, como Marichalar más o menos, y que sólo podía caerse muerto en casa de sus padres donde vivía. Estos estaban hartos de decirle que ya era hora que a sus treinta y cinco años se pusiese a hacer algo remunerado en la vida y se fuese de casa. Tan cansados estaban de cuidarse de él, que se murieron a los solos efectos de echarlo del hogar. Cuando se quedó huérfano y desahuciado y gracias a que la madre naturaleza se comportó de manera más que generosa en los atributos sexuales de Ceniciento, pudo refugiarse en un lupanar de las afueras de la ciudad dónde las señoras (y algún que otro señor), entradas en años, carnes y, sobre todo, dineros, iban a retozar con jovencitos y no tan jovencitos. Allí es dónde le empezaron a llamar “Ceniciento” ya que aquél lugar era uno de los pocos trabajos a techo cubierto de la ciudad, donde existía una zona para fumadores. A él le pusieron un catre al lado de ese sector del prostíbulo, con lo que todo el humo y la ceniza le iba a parar cubriéndole el cuerpo. Y claro, como no era muy dado a acicalarse, Ceniciento siempre estaba lleno del polvillo gris que pululaba en el ambiente.

 

El lugar estaba regentado por una viuda con dos hijos, tanto o más vagos que el personaje de nuestra historia, que no hacían más que comerse los beneficios que el negocio del sexo distraído reportaba a la madame. Así que ésta, muy saturada de sus dos hijos, no veía el día de librarse de ellos y largarlos fuera de casa. Al contrario de los que fueron padres de Ceniciento, la empresaria del burdel no tenía ganas de fallecer para echar a sus descendientes del domicilio.

 

Un día corrió el rumor por la ciudad que la reina de aquél país organizaba una orgía y quería invitar a los jóvenes (y no tan jóvenes) más depravados del reino. No era algo nuevo pues de todos los ciudadanos era conocida la bisexualidad del marido de la soberana y el morbo que le causaba organizar tríos con ésta en los que el tercer componente siempre era un hombre. También se sabía que los monarcas adoptaban mancebos en palacio si el amontonamiento sexual era de su agrado. Así que la viuda propietaria de la casa de trato vio una magnífica oportunidad para desembarazarse de sus dos hijos.

 

- Tú Ceniciento, no irás -dijo la empresaria sabedora de su enorme pene capaz de eclipsar a sus hijos, menos dotados-. Te quedarás en casa atendiendo a doña Clotilde que tiene una urgencia libidinosa.

 

 

Doña Clotilde era, como su propio “doña” indica, una vieja de más de ochenta años que había enviudado hacía uno de un rico constructor que, además de poner cemento en los edificios que construía, lo había puesto a la entrada de la cueva del deseo de doña Clotilde. Esta, al morir su marido, decidió que gastaría toda su fortuna en romper aquél cemento y para ello se había recorrido todos los antros de lenocinio del País en busca de su particular peón de derribos. El plan de la viuda empresaria cabreó muchísimo a Ceniciento pues sabía que con doña Clotilde era incapaz de mantener una erección y tenía que recurrir a otros medios artificiales para el solaz de la anciana cuya preparación, para un indolente como él representaban un auténtico engorro.

 

 

Llegó el día de la orgía y Ceniciento angustiado vio partir a la viuda y a sus hijos hacia el Palacio Real. Cuando se encontró solo en la habitación poniéndose un tanga ajustado, no pudo reprimir sus improperios.

 

 

- ¡¡Hay que joderse!! ¡Como no se me levante la vieja no me va a pagar un puto euro! –exclamaba una y otra vez-

 

De pronto se le apareció su diablo protector.

 

 

- No te preocupes -exclamó el diablo-. Se te levantará y la vieja te cubrirá de papel moneda. Tendrás tantas erecciones que no te quedará más remedio que ir a la orgía de palacio para seguir satisfaciendo a quién se te cruce por delante. Pero hay dos condiciones. La primera es que tendrás que ponerte este preservativo de propiedades mágicas –le extendió algo parecido a un enorme globo- y que cuando el reloj de Palacio dé las doce campanadas tendrás que regresar sin falta, porque el condón perderá todas sus propiedades.

 

 

Dicho y hecho. Ceniciento se puso la goma nada más aparecer doña Clotilde en el lupanar y automáticamente, su verga experimentó una firmeza que asombró a la anciana que no acababa de creerse aquél portento que, una y otra vez y sin descanso rompía los diques de protección de su seca laguna. Cuando llevaban el cuarto asalto en hora y media, doña Clotilde pidió la rendición a Ceniciento temiendo que las embestidas de éste acabasen no solo con el cemento, sino con su maltrecha construcción corporal. Tal y como había predicho el diablo protector, le soltó seis mil euros con la firme promesa, le dijo, de convertirlo en su favorito y guardarle un abundante legado en su testamento.

 

 

Ceniciento que seguía con el atributo más tieso que un palo mayor, se dirigió a Palacio a continuar su desahogo en el desenfreno allí organizado. La llegada de Ceniciento al Palacio causó honda admiración. Al entrar en la sala de la orgía, el rey y la reina quedaron prendados de la enorme protuberancia que cimbreaba bajo la capa de Ceniciento. Así que estuvieron copulando los tres toda la noche. Nadie lo reconoció, ni tan siquiera los hijos de la viuda empresaria del sexo que, como los demás “orgianos y orgianas” se preguntaban quién sería aquél joven tan superlativamente dotado.

 

 

En medio de tanto gemido, jadeo y encontronazos inguinales, Ceniciento oyó sonar en el reloj de Palacio las doce.

 

 

- ¡Me cagooooooeeeeeeeennnnnnnnlalechhhheeeee! ¡Tengo que irme! –exclamó con su delicado lenguaje-.

 

 

Como una exhalación atravesó el salón y bajó la escalinata perdiendo en su huída el condón mágico, que la reina recogió asombrada y muy molesta ya que la huida de Ceniciento se había producido a media cópula.

 

 

Para encontrar al poseedor de aquella verga tan enorme, los monarcas idearon un plan. Convertirían en favorito y gozaría de las prevendas reales, aquél que pudiera colocarse el preservativo mágico. Envió a sus heraldos a recorrer todas las casas de alcahuetería del Reino. Los mancebos se lo probaban en vano, pues no había ni una a quien le fuera bien la monumental goma.

 

 

Al fin llegaron al burdel donde vivía Ceniciento, y claro está que los hijos de la viuda en cuanto se probaron el condón, sus vergas parecían los hilos de una bombilla dentro de un enorme dirigible. Pero cuando se lo puso Ceniciento vieron con estupor que le estaba perfecto y que su pene adquiría una firmeza instantánea.

 

 

Y así sucedió que los monarcas se llevaron a palacio a Ceniciento convirtiéndolo en su único mancebo, no recordándose en el reino que celebrasen más orgías ya que no había necesidad de ellas. Los hijos de la viuda empresaria continuaron en casa de ésta atendiendo las necesidades de doña Clotilde hasta que esta pasó a mejor vida fruto del desconsuelo en el que la había sumido la pérdida del magnífico aparato de taladrar de Ceniciento. Y verderín verderado este cuento, se ha acabado.

El patito feo, la verdadera historia

El patito feo, la verdadera historia

Érase una vez un patito feo. Era horrible, tanto que nadie en el estanque se acercaba a él por miedo a sufrir el contagio de su fealdad. Hasta su propia familia le daba de comer las peores lombrices y gusanos con la esperanza de que no sobreviviese y así se libraban de él. Pero era fuerte y resistió todas las adversidades, como lo hacen todos los feos que parece que tienen una mayor resistencia a las desgracias. En el colegio los demás patitos le hacían “buling” y, cuando encontró un trabajo de limpieza en el estercolero de la laguna, sus compañeros le hacían “mobbing”. Incluso los cuidadores del humedal, considerado reserva ornitológica, lo escondían para que no lo viesen los visitantes y se asustasen con su presencia. Por eso el patito feo creció en la marginalidad y se convirtió en un pato retraído, huraño y distante. Vamos, se convirtió en una pato insociable. Ni que decir tiene que nunca había conocido más patas que las que le acompañaban en su solitario aletear por el estanque.

Un día su suerte cambió. Un pato de los que por allí vivían le gritó:

- “¡Oye, pato horrible, aquí hay dos hombres que preguntan por ti!”

“¡¿Por mí?!”, pensó, “Seguro que se trata de una broma como la última vez que me dieron a comer una esponja diciéndome que era un solomillo de oruga y de poco me ahogo”. Tomando todas las precauciones, el pato de nuestro cuento, se dirigió al encuentro de aquellos hombres. “¡Joder! ¡Qué aspecto tienen!” caviló al verlos allí, “Parecen dos buitres”.

- “¿Es Ud. el patito feo?”, preguntó el hombre que parecía más joven de los dos.

“Y además gilipollas, porque ciego, no es”

- “Todo lo que Ud. ve soy yo, si”, contestó el patito feo.

- “Tenemos un negocio que proponerle ¿Podemos hablarle en privado?”

- “Pueden hablar con tranquilidad. No hay nadie a mi alrededor”, contestó con la seguridad que le dan a uno los años de soledad.

- “Iré al grano. Somos promotores inmobiliarios que estamos pensando en construir unos apartamentos justo a la salida de esta reserva natural...”

- “¿Y yo qué tengo que ver en esto?. No sé nada de inmuebles, ni de promociones...”

- “Lo imaginábamos”, le cortó el más joven de los dos que era el único de los hombres que hablaba. “Pero no le necesitamos para eso” ... tras ver la cara de interrogación del pato horrible continuó...”En realidad, vamos a construir un complejo de doscientos apartamentos ... y un campo de golf. Ese es el reclamo. Las viviendas al lado de un campo de golf, son negocio seguro. Sabrá Ud., señor feo, que para construir un campo de golf se necesita mucha agua... y ahí es donde entra Ud. en el negocio...” El pato, que era horrible pero no tonto, empezaba a comprender “... y el único lugar por estos alrededores donde la madre naturaleza ha tenido a bien conceder la gracia del agua, es este humedal. Así que lo que necesitamos es a alguien que tenga acceso al desagüe del estanque, lo abra y trasvase el agua a nuestros marchitos depósitos de agua. En definitivas cuentas, necesitamos a alguien... como Ud.”

Los ojillos se le iluminaron al pato horrible haciéndolo más monstruoso aún si cabe. Ahí tenía la oportunidad de vengarse de todos aquellos ánades que día tras día lo habían vilipendiado. Ahora la vida de gansos, ánsares, ocas, palmípedas en general y aves de todo pelaje, dependían de él y no estaba dispuesto a facilitarles la existencia futura y le importaba un pimiento aquél humedal por mucha reserva ornitológica que fuese. Por eso su respuesta fue:

- “¿Cuál sería mi parte?”

- “El diez por ciento de las ganancias y, créame señor patito feo, eso es mucho dinero, tanto que, ni Ud. ni sus descendientes podrán dejar de trabajar y ni tendrán que preocuparse por su subsistencia futura”

- “¿Cuándo hay que empezar?”

- “Inmediatamente. En cuanto abra el tapón del desagüe y el agua empiece a aflorar en nuestros depósitos, le abonaremos un treinta por ciento de la ganancia prevista y, el otro setenta por ciento, cuando estén vendidos todos los apartamentos que, por la cuenta que nos trae le aseguro que en un par de meses están agotados”

Esa misma noche el pato horrible, ahora a punto de convertirse en un pato criminal, sacó el tapón del desagüe del estanque. Rápidamente el agua se coló por el agujero y, como si se tratase de un vaso comunicante, los depósitos de los promotores del campo de golf, empezaron a recibir el líquido elemento.

Al día siguiente se personaron los ya cómplices del pato horrendo a cumplir con su parte del trato. Resultó que la tercera parte del diez por ciento que le correspondían al pato delincuente por las ganancias futuras, era una auténtica fortuna que le hicieron efectiva en euros contantes y sonantes. Parte del dinero el pato feo y malhechor lo destinó a hacerse una operación de cirugía estética que, básicamente, consistió en un estiramiento de cuello, relleno torácico y blanqueamiento de plumas. De esa manera el patito feo y facineroso de nuestra historia, se convirtió en un precioso cisne rufián. “Ahora”, se decía al salir de la clínica de estética, “seré la envidia de todas las palmípedas del estanque y no habrá hembra que se me resista”. Con lo que no había contado el ahora hermoso cisne bandido era que, a medida que su maldad crecía, el nivel del agua del lago decrecía en geométrica proporción. Esa circunstancia obligó a todos los habitantes del estanque a emigrar hacia otros humedales que realmente lo fuesen. Así que al llegar de nuevo al estanque, el otrora patito feo, se encontró únicamente con los cuidadores del lugar y con los artilugios metálicos con forma de palmípedas y aves que se habían habilitado para deleite y disfrute de los turistas que venían a contemplar aquél... desierto.

El pato reconvertido en cisne, ante la falta de moradores y, sobre todo, moradoras, decidió emigrar en busca de palmípeda que admirase y gozase de su recién adquirida belleza. Reparó que los vecinos y coautores de la fechoría de secar el humedal, habían construido un enorme estanque que servía como adorno de la urbanización y colindaba con el campo de golf. En esa laguna, además, vivían algunos de los habitantes de lo que un día fue vergel y en ella chapoteaba una bellísima hembra por la que el cisne de cuello estirado por mor de la cirugía, bebía los vientos. No dudó en acercarse a la palmípeda mientras pensaba que aquella preciosidad iba a ser suya aunque, en el pasado, ella lo había tratado con absoluto desdén. Y no debía andar muy errado nuestro protagonista porque la guapa fémina giró la cabeza hacía él, abriendo su pico en una mueca que denotaba sorpresa... o terror...

¡¡¡ zzzaaaaaaassssssssssssssssss ¡!!

 

 

La pelota de golf impactó en el cuello de patito feo-cisne hermoso desnucándolo. El único consuelo que hubiese tenido, de haber vivido para saberlo, es que el último acto de su existencia fue heroico al interponer su pescuezo en la trayectoria de una pelota de golf perdida y la cabeza de su amada...

 

...y colorín colorado ...

El zorro y las uvas

El zorro y las uvas

 

 

Andaba el zorro merodeando a la zorra para conquistarla, pues bebía los vientos por ella. La zorra, aunque le correspondía, lo trataba con desdén porque sabía que con ello incrementaría el deseo de su amado por ella. La estrategia daba buen resultado ya que el zorro procuraba a su amada los mejores manjares que ofrecía el bosque. Ora una tierna gallinita, ora un opulento lirón.

 

 

 

Tantas exquisiteces comía la zorra que tan poco esfuerzo le costaban, que su figura fue adquiriendo consistencia y, sobre todo, peso. En cambio el zorro, con tanta caza, con tanta subida y bajada, con tanto ir y venir, tenía un cuerpo que era pura fibra y se había convertido en un zorro muy apuesto al que las otras zorras del bosque se empezaban a disputar.

 

 

 

 

 

Sabedora de ello la zorra decidió poner remedio a la situación y se puso patas a la obra, mejor dicho, se dispuso a hacer dieta. Así que le dijo a su amado que no cazase para ella ni más gallinas, ni más lirones. De ahora en adelante lo que comería, serían alimentos que le devolviesen su figura.

 

 

 

“Mi amor” le dijo el zorro “sabes que estoy enamorado de ti no por tu físico, sino por tu mente. Sin embargo, dime lo que quieres y lo conseguiré para ti”.

“Uvas” le contestó la oronda amada. “Quiero que me traigas un buen racimo de uvas”.

El destino quiso que esa conversación fuese escuchada por una zorra de las que porfiaban al atractivo zorro. Tanto le gustaba que ideó un plan para que fuese suyo. Como era una zorra muy lista y leída, sabía, por otros cuentos, que su soñado raposo nunca llegaría a la parra ya que la altura de la misma estaba fuera de su alcance y, además en aquella época del año, las uvas estaban verdes. Entonces fue hasta un mercado próximo, que existen en todos los cuentos como este, donde sabía que encontraría una de aquellas tiendas en las que vendían frutas de invernadero. Se hizo con un par de hermosos racimos de uvas y, acto seguido, los roció con un potente somnífero capaz de dormir a la zorra más resistente.

Como ya había previsto la zorra lista y leída, el zorro por más que se esforzaba,no pudo alcanzar las uvas que estaban en la parra. Cuándo llevaba tres intentos y se disponía a efectuar el cuarto, apareció la zorra con sus dos racimos de uvas convenientemente preparados.

 

“Ten, te los regalo” le dijo la zorra instruída al esforzado zorro galán extendiéndole los dos racimos de uvas, “yo no los necesito en mi dieta”.

 

“Muchas gracias” contestó el incauto zorro haciéndose con los racimos “no se cómo agradecértelo”

 

“Lo sabrás. Ya lo creo que sabrás”, pensó la zorra astuta.

 

 

Cuando el zorro galán le llevó los dos racimos de uvas a su enamorada, ésta se los comió sin pensárselo y, como era de esperar, cayó en un profundo sopor con lo que el zorro, no pudo demostrar físicamente a su zorra cuánto la quería por su mente. A esto que apareció la taimada zorra con solo su pelaje por vestido y ofrecióse al zorro. Éste, que ya andaba algo bajo de defensas con tanta calentura atrasada, sucumbió a los encantos de la pécora zorra y no le quedó otro remedio que retozar con ella hasta que, al amanecer del siguiente día, despertó la zorra fondona y los encontró abrazados y desnudos durmiendo en la verde pradera.

Os ahorraré lo que vino después porque estoy convencido que conocéis la escena que se montó. Si que os contaré el final y no es otro que, la zorra sedimentada y el zorro galán se separaron y éste se fue a la madriguera de la zorra leída e instruída y, como era de suponer, la agasajaba cazando para ella gallinas y algún que otro lirón. Podría decir que esto es otra historia, pero no, no es otra historia. Este es un cuento, el de nunca acabar.

El Cuento del Lobo Feroz




“El bosque era mi hogar. Yo vivía allí y me gustaba mucho. Siempre trataba de mantenerlo ordenado y limpio. Un día soleado, mientras estaba recogiendo las basuras dejadas por unos excursionistas, sentí pasos.


Me escondí detrás de un árbol y vi venir a una niña vestida de una forma muy divertida: Toda de rojo y su cabeza cubierta, como si no quisiera que la vieran. Andaba feliz y comenzó a cortar las flores de nuestro bosque, sin pedir permiso a nadie, quizás ni se le ocurrió que estas flores no le pertenecían. Naturalmente, me puse a investigar. Le pregunté quién era, de dónde venía, a dónde iba, a lo que ella me contestó, cantando y bailando, que iba a casa de su abuelita con una canasta para el almuerzo.





Me pareció una persona honesta, pero estaba en mi bosque, cortando flores. De repente, sin ningún remordimiento, mató a un zancudo que volaba libremente, pues el bosque también era para él. Así que decidí darle una lección y enseñarle lo serio que es meterse en el boque sin anunciarse antes y comenzar a maltratar a sus habitantes.


La dejé seguir su camino y corrí a la casa de la abuelita. Cuando llegué me abrió la puerta una simpática viejecita. Le expliqué la situación y ella estuvo de acuerdo en que su nieta merecía una lección. La abuelita aceptó permanecer fuera de la vista hasta que yo la llamara y se escondió debajo de la cama.





Cuando llegó la niña, la invité a entrar en el dormitorio donde estaba yo acostado y vestido con la ropa de la abuelita. La niña llegó sonrojada y me dijo algo desagradable acerca de mis grandes orejas. He sido insultado antes, así que traté de ser amable y le dije que mis grandes orejas eran para oirla mejor.


Ahora bien, la niña me caía bien y traté de prestarle atención, pero ella hizo otra observación insultante acerca de mis ojos saltones. Uds. Comprenderán que empecé a sentirme enfadado. La niña tenía una bonita apariencia, pero empezaba a serme antipática. Sin embargo, pensé que debía poner la otra mejilla y le dije que mis ojos me ayudaban a verla mejor.


Pero su siguiente insulto si me encolerizó. Siempre he tenido problemas con mis grandes y feos dientes y esa niña hizo un comentario realmente grosero. Se que debí haberme controlado, pero salté de la cama y le gruñí, enseñándole toda mi dentadura y diciéndole que eran así de grandes para comerla mejor.


Ahora pensad: Ningún lobo puede comerse a una niña. Todo el mundo lo sabe. Pero esta niña empezó a correr por toda la habitación gritando y yo corría detrás de ella tratando de calmarla. Como tenía puestas las ropas de la abuelita y me molestaba para correr, me la quité, pero entonces fue mucho peor. La niña gritó aún más.


De repente la puerta se abrió y apareció un leñador con un hacha enorme y afilada. Yo lo miré y comprendí que corría peligro, así que salté por la ventana y escapé.





Me gustaría deciros que éste es el final de la historia, pero desgraciadamente no es así. La abuelita jamás contó mi parte de la historia y no pasó mucho tiempo sin que corriera la voz de que yo era un lobo malo y peligroso. Todo el mundo comenzó a evitarme. No sé que le pasaría a esta niña antipática y vestida de forma tan rara, pero si les puedo decir que yo nunca pude contar mi historia. Ahora, vosotros ya la sabéis...”